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Piranesi-Milicua

 

 

 

Piranesi- Milicua.

Catálogo de la exposición Piranesi-Milicua que tuvo lugar en la galería Artur Ramón de Barcelona en 2011.  En la exposición se contraponían grabados de Piranesi y collages de Milicua.

 

 

Piranesi

   Cuando alguien imagina un edificio, generalmente lo ve desde fuera. Visualiza su fachada, su aspecto y contornos, su relación con el paisaje que lo rodea, el cielo recortándose sobre su tejado, enmarcando torres y cúpulas.

Piranesi no. Él está dentro. Piranesi está en el interior del edificio a la vez que el edificio está en el interior de Piranesi. No es un objeto externo a él, sino un espacio que le rodea. O quizás él mismo es ese espacio. Tal vez por ello su más famosa serie de obras se definan como Cárceles. Prisiones de las que no puede escapar sin dejar de ser Piranesi, cárceles que son Piranesi, en el angustioso bucle onírico del que vaga por el laberinto eterno de su propio edificio interior. El edificio gigantesco de la propia mente del hombre.

En sus Vistas de Roma, Piranesi describe el interior de una memoria que le rodea, en la que vive, de la que vive. Imágenes de una época dorada y primigenia del turismo y la arqueología donde las ruinas de un pasado colosal y sobrehumano conviven con la pequeñez insignificante de lo cotidiano.

El vestigio de una realidad mayor y más significativa, transmutado por el tiempo y la naturaleza, constituye el tema de las imágenes. El atavismo no es destruido por el olvido. El tiempo, es un escultor lento que se vale de la naturaleza para su obra. La ruina está modelada por la intemperie. El recuerdo por el mito y la extrañeza. El resultado no es la reliquia del pasado, sino la evidencia de otra realidad que aún permanece. Una realidad mayor y mas verdadera, anclada en un tiempo que pasa lento. Por encima de nuestros propios sueños.

Similares a tarjetas postales, estos souvenirs metafísicos ilustraron en su momento la novedad de un redescubrimiento. Hoy, dos siglos y medio después, estas vistas son la memoria de una memoria, en un proceso mental que cobra una perspectiva de lejanía casi mágica.

Las ruinas de la Roma antigua que describe Piranesi no son las que visitan las hordas de turistas del siglo XX y XXI, aunque los referentes físicos, los propios monumentos, parezcan ser los mismos. Lo que él nos muestra son recuerdos profundos, realidades de otra época, sobredimensionada, gigantesca, que emergen en el presente de modo irreal y turbador. La antigua Roma de Piranesi es freudiana, psicoanalítica, profunda y enorme. Ruinas y vestigios son concreciones físicas de un recuerdo mítico semiolvidado pero latente. Las piedras que contemplan los turistas actuales son acumulaciones escenográficas de cartón-piedra. Los monumentos que dibuja el buril de Piranesi están hechos de sueños, de la materia alucinatoria e idealizada de la visión fantástica, una materia más real que la propia piedra..

El escenario de las ruinas es un teatro sobrecogedor. Las gigantescas estructuras de la gloria romana se funden en un magma de rocalla y vegetación como organismos carcomidos que se levantan en un grito de silencio. Cada detalle en las ruinas grabadas por Piranesi es reflejado de un modo exhaustivo, perfectamente definido, en una descripción minuciosa y visceral. Los cuerpos ruinosos de los monumentos muestran a la vez sus estructuras exteriores e interiores en un descarnamiento que prefigura el impudor de las imágenes anatómicas que poblarían las enciclopedias en el siguiente siglo.

Pero estos cuerpos, similares a las osamentas fosilizadas de monstruos antediluvianos, no están muertos. De ellos surge una densa pelambre de zarzas y arbustos que demuestran su vigor. Las montañas artificiales y laberínticas que conforman las ruinas son fértiles e hirsutas, salvajes y naturales a pesar de ser el vestigio de la mas alta civilización y cultura.

Por entre las ruinas pululan hombrecillos, como insectos dedicados a un devaneo absurdo. Alzan sus bracitos gesticulando, se agitan en una excitación que se contrapone a la solemne inmovilidad de las ruinas gigantescas, que viven en una lentitud sobrehumana, vetustas y lejanas. Otros se sientan cabizbajos como si quisieran fundirse con las piedras que les rodean. Ellas son tan ajenas a estos bichitos que es difícil que llegara a pensarse que en un día lejano fueran levantadas por seres similares a ellos.

La apoteosis de lo fragmentario en una escenografía visionaria que va más allá del tiempo, el carácter onírico o fantástico que adquieren sus descripciones hiperdetallistas colocan la obra de Piranesi entre las de aquellos artistas – como El Bosco, Bruegel, Moreau o Cheval- que tomo como referencia directa en el desarrollo de construcciones paisajísticas y arquitectónicas a través de la técnica del collage. Pero es en especial su dominio gráfico del blanco y el negro lo que establece mi mayor interés en la obra de Piranesi.

Lo que en su caso viene dado por un empleo magistral del rayado del buril y el empleo de los ácidos sobre la plancha de imprimir, intenta en mi caso ser remedado por el pirateo directo de las fotografías impresas en offset de libros geográfico- turísticos de mediados del siglo pasado. La lejanía idealizadora del blanco y el negro viene dada ya por el material del que parto. Un material que es descendiente directo del que vendía Piranesi en su tienda de la Plaza de España de Roma, donde se establecieron algunas ideas clave de la memoria nostálgica del souvenir como imagen trascendente que juega entre lo real y lo imaginario.

Es por esto que acepté con entusiasmo la propuesta de Artur Ramón de tener la ocasión y el honor de enfrentar mis collages con los grabados del maestro Piranesi en esta exposición.

 

 

 



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