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José Milicua, un retrato cercano

En 2016, el Centro de Estudios Hispánicos editó una recopilación de textos dispersos de José Milicua (1921-2013), historiador de arte y tío de Pablo Milicua. Entre otros textos introductorios se incluyó José Milicua: un retrato cercano, donde Pablo analiza la figura de su tío y el significado de su genealogía para el desarrollo de su actitud hacia el arte.

 

 

 

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José Milicua, un retrato cercano

Por Pablo Milicua

José Milicua nació el 12 de Mayo de 1921 en Oñate. El mismo día nacía en Krefeld Joseph Beuys. José apoyaba su escepticismo respecto a la astrología y el horóscopo en su aversión hacia la escultura del alemán, debida a su rechazo visceral a la manteca y el fieltro, los materiales fetiche de este artista. Pero más allá de compartir nombre, siendo el día de sus nacimientos el de San Pancracio según el santoral, yo veía una profunda coincidencia en el destino de ambos en el hecho de que habían dedicado sus vidas a la investigación y sobre todo a la enseñanza del arte de un modo amplio y totalizante. Destino por lo demás mas bien raro e imposible de compartir por todos los nacidos en aquel día de 1921.

 

José Milicua investigó la Historia del Arte de un modo estructural, formando una construcción de la memoria que daba una sorprendente coherencia a su visión y conocimiento de la realidad. Ayudaba en esta construcción su interés enciclopédico por una amplísima gama de fenómenos culturales y científicos que estudiaba desde una perspectiva histórica. La capacidad de interrelacionar elementos de muy diferente naturaleza- sociales, económicos, políticos y religiosos- y los de la moda, la tecnología, la alimentación y la cocina – aspectos a los que él prestaba gran atención- unida a un sólido conocimiento de la cronología, daba como resultado una reconstrucción de la Historia sorprendentemente bien hilvanada.

 

La coherencia de su reconstrucción cronológica de la memoria histórica contrasta con el imaginario caótico de nuestro tiempo, la sopa fantástica y anacrónica tipo Hollywood que suplanta a la Historia en los medios de comunicación. La memoria, el conocimiento, surgía del estudio y este iba ligado a la mirada profunda, la observación escrutadora, entre científica y detectivesca, de las obras de arte, ya sea a través de su concienzudo peregrinaje por los museos del mundo, o escudriñando con la lupa reproducciones fotográficas en blanco y negro, sentado en su sofá. Una mirada totalmente distinta del vistazo superficial de la cultura audiovisual y de internet. La imagen estática-fuera del tiempo- recortándose en la eternidad como contraste al vertiginoso bombardeo de imágenes en la tele o en la red. El ojo que escruta, que palpa y deglute cada detalle de la imagen formando una imagen especular en la memoria, un doble enterrado en el interior del cerebro.

 

La figura del conossieur, del gastrónomo, del hombre de gusto, elegante y culto, que disfruta de la existencia de un modo epicúreo, sensual y saludable, fue para él un modelo de aristocracia espiritual que siguió con brillantez. Este lado luminoso se complementaba con la faceta sombría del estudioso obsesivo, misántropo y perfeccionista. Esto explica por un lado su charla brillante y abundante, por otro la escasez de sus textos, que corregía una y otra vez, incluso los ya impresos y publicados.

 

Pero el aspecto que más definió a José Milicua fue el de profesor. Aunque se definía a sí mismo como estudioso del arte, y por lo tanto como eterno aprendiz, tomaba como actitud natural la del docto enseñante. Como sobrino suyo y artista plástico he conocido en profundidad esta faceta. De hecho, nuestro trato tomaba más bien la forma de la relación maestro-discípulo que cualquier otra. Su actitud profesoral, pedagógica, no solo era una vía natural de efusión de su enorme erudición, sino también un esquema relacional en el que se sentía particularmente a gusto. Le daba seguridad, una cierta autoridad patriarcal. El bien más preciado para él era el conocimiento y este conocimiento debía ser transmitido. La mayor parte de su entorno relacional y afectivo más cercano provenía del campo de su alumnado o del mundo académico. La enseñanza daba sentido a su vida. Vivió con profunda angustia su jubilación forzosa de la universidad pública. Afortunadamente, esta situación se resolvió con su contratación como profesor emérito por la Universidad Pompeu Fabra y con su creciente implicación en los asuntos relativos a su participación en el patronato del Museo del Prado.

 

Naturalmente, la sed de conocimiento y la pasión de José por la docencia no hubieran podido existir sin un gran amor por la materia que impartía, la historia del arte, y dentro del arte, muy especialmente, la pintura. La pintura al óleo ocupaba una posición preeminente en sus gustos y en una jerarquía de valores donde otras técnicas expresivas ocupaban posiciones marginales. Igualmente, lo fantástico, lo grotesco o lo humorístico- valores que yo aprecio mucho- quedaban relegados a la marginalidad de lo poco serio en su sistema. No sin contradicciones- Picasso era uno de sus pintores favoritos y el erotismo en las artes era un tema que le interesaba mucho- José apreciaba sobre todo el arte trascendente y grave de los viejos maestros. La excelencia del arte parecía estar aquí ligada a una aprehensión significativa de la existencia humana producida por la representación pictórica independientemente del tema tratado. El ideal de un Gran Arte estaba implícito en este sistema de valores.

 

José llegó al mundo del arte de la mano de mi abuelo, Florencio Milicua, que era anticuario. Los primeros pasos de José partieron, por lo tanto, del entorno del comercio del arte. Florencio era completamente autodidacta, por lo que el estudio de la historia del arte por parte de su hijo surgía de unas bases eminentemente prácticas. Además, José heredó de Florencio un cierto espíritu pragmático. En este contexto, temas como la atribución, autentificación y valoración de las obras de arte cobraban una relevancia muy por encima de cualquier debate teórico. José se enfrentaba a los cuadros como quien desentraña un enigma, a la manera de un detective, usando para ello su portentosa memoria visual y su vasta red de asociaciones.

 

José Milicua siempre tuvo una mirada atenta hacia el mundo. Profesaba un gran interés por la vida, por la realidad, que le convertía en un observador sagaz. Creo que el estudio metódico del arte también afiló su mirada, le ayudó a disfrutar de la existencia.

 

Para mí, el haber sido sobrino de José y nieto de Florencio ha sido determinante en mi identidad y en mi trabajo. Creo que a través de ellos he sentido y siento el peso de la historia de un modo mucho más presente que otros artistas. A veces envidio el crear desde un cierto vacío, desde un momento puramente presente, desde un ojo libre y salvaje, que no es el mío. Pero he de agradecer la fortuna de haber crecido en contacto con la memoria de la historia en mi propia familia, lo que me ha permitido un acceso directo a una comprensión más profunda del arte que aquella a la que hubiera llegado en otras circunstancias.

 

Me gusta creer que a través de la comunicación familiar de tres generaciones, a partir de mi abuelo anticuario, a través de mi tío historiador de arte y luego por mi propia obra haya pasado el flujo del tiempo desde las raíces antiguas hasta los brotes de lo nuevo.

 

 

 

 

 

 



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