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Mutantes del Paraiso

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En 1998 Milicua comisarió la exposición Mutantes del Paraíso para la Sala Amárica del Museo de Bellas Artes de Vitoria, donde reunió un selecto grupo de artistas relacionados por un cierto espíritu dadaísta. La exposición fluctuaba entre formas de Wunderkammer, freak show y circo, teniendo como eje las ideas de objeto, colección y autorretrato. El texto La Feria de las Maravillas fue escrita para el catálogo, que funcionaba como libro aparte.


LA FERIA DE LAS MARAVILLAS

El ser humano, aunque busca o tal vez crea espontáneamente recetas y convenciones que le ayudan a fijar comportamientos estandarizados para sus funciones fisiológicas y sociales, también padece de una natural curiosidad por aquello que se sale abiertamente o aún contradice esa presunta normalidad que le garantiza la seguridad del necio. Surge la fascinación de lo morboso y de lo aberrante. Ferias de monstruos en los circos o incluso adoraciones paganas a carneros de dos cabezas, creencias supersticiosas y la inquietud de lo paranormal, aberraciones sexuales públicamente denostadas que se abren paso culpablemente entre las sombras fantásticas de la masturbación. Aquello que contradice o desafía las fuerzas de la convención, y los fundamentos de una estabilidad capaz de llevar a la existencia a un monótono y anestésico encarrilarse de los días, aparece como promesa de libertad (lo exótico, la aventura), algo chistoso o risible (lo estrafalario, lo excéntrico) o algo indignante o condenable (lo aberrante, la herejía), pero siempre algo seductor. La seducción de un desequilibrio que promete una alternativa, tal vez lejana, a la parálisis.

Y es que lo nuevo, lo auténtico, lo original nace en los márgenes de los campos de la convención, en las orillas de la corriente general del arte. Es aquello que crece en la frontera de la realidad aceptada, aquello que la niega y le trastoca, lo que hace crecer el pensamiento. Dentro de los campos de la convención podemos esperar surgir la adaptación de la cita de un remake de una versión de una copia de algo que hace mucho fue original, pero ya está muy visto, es un clásico incontestable y nadie puede ni debe cuestionarse su validez (1). Pero ocurre que su validez es otra al ser asumido y consumido por la convención. El más famoso ejemplo es la distancia entre la revolución impresionista y el pintorzucho pseudopostimpresionista, vomitivamente dominguero y bienintencionado, capaz de exponer sus engendros con una ridícula honradez artesanal y venderlos a buen precio hoy mismo, en los últimos años, casi meses, del siglo XX.

Pero también esta fe en la frontera del pensamiento como verdadero territorio del arte, esta creencia en el artista explorador e innovador ampliando y trastocando el lenguaje es la fe de la vanguardia. Y vemos las legiones de artistas de las primeras tres cuartas partes de este siglo lanzarse en masa a un patético esfuerzo hacia adelante, a lo desconocido, en un éxodo iniciático a un soñado más allá, entre lo heroico de una santa cruzada y una carrera de Oklahoma de listillos buscando su parcelita de gloria en el Olimpo de las musas.

Pero es evidente que este papel del artista es también una convención, un lugar común que se explica en el mito kitsch de Van Gogh (en el suicidado de Artaud también pero mucho más en el Kirk Douglas de Minelli (2)) con especial virulencia. Y es también la desconfianza que crea este papel mesiánico del artista en cualquier mente medianamente inteligente la que causa una profesionalización, una cientificación del proceso artístico desde un punto de vista consciente y responsable que aún vuelve las cosas más estériles y vacuas. Este proceso podría definirse como desproveer al arte del aura kitsch de la genialidad y crear una especie de funcionariado mental, deprimente labor a la que se han lanzado, por supuesto sin ningún entusiasmo, la mayor parte de la crítica de arte y todos los docentes de las facultades de Bellas Artes (3), llevando el hecho artístico a cotas de aburrimiento jamás soñadas anteriormente.

Lo cierto es que moverse hacia lo nuevo no es nuevo y que el producto deviene de la actitud, lo que supone un callejón sin salida para una voluntad innovadora. Este postulado básico de transvanguardias y postmodernismos crea desorientación y desasosiego en los millones (nunca hubo tantos) de artistas que no saben ya a qué carro subirse para buscar la gloria. Lo que lógicamente produce una atomización del hecho artístico, una especie de diáspora bastante saludable que no evita una triste realidad: En el mundo del arte se ha creado un acuerdo común, un campo de convención que está fuera del consenso general. Lo que significa que la mayor parte de los mortales no les puede interesar en absoluto el arte porque no tiene absolutamente nada que ver con sus vidas y no lo entienden. Para ello se ha creado el kitsch y el arte comercial. Lo que antes era arte de vanguardia es a su vez un kitsch de uso exclusivo para artistas, inocuo y autoreferencial.

La mutación, el engendro que plantea una nueva adaptación respecto a la realidad y que presupone una evolución, aparece como algo casual, algo espontáneo y accidental. No es lo mismo un automarginado ideológico que aquel que queriendo ser normal no puede evitar no serlo y ha de asumir dolorosamente su diferencia o sucumbir. Se desprende de todo esto un aspecto involuntario de la autenticidad que choca con la idea de la disciplina consciente y que nos devuelve al carácter monstruoso del genio, a un aspecto innato, genéticamente predeterminado.
Pero el problema es para qué, a santo de qué viene el deseo de ampliar el universo como trabajo y el ser especial. Mamá quiero ser mutante o tocado de la mano de Dios y con una misión en la vida: salvar al mundo de su necedad, llevar la humanidad a las estrellas. Todo, al fin y al cabo, para librarse del horror de morir y ser olvidado, uno más entre miles de millones, no más importante que una rata o una mosca. Y ante ese cruel e inevitable destino rebelarse y llevar un corte de pelo estrafalario y hacerse artista y ser tan rabiosamente moderno y ser políticamente progresivo y sexualmente desinhibido y ser concienzudamente consciente de injusticias y desgracias y demostrar a todo el mundo con mi trabajo y mi actitud lo absolutamente encantador que soy hasta que todos me admiren y me quieran y hagan de mí una estrella. Pero todos los artistas son más o menos así y es como el chico de barrio que no quería ser como los demás y por eso se hizo la oveja negra punki o jevi o rockero macarra, con la misma chupa, los mismos tatuajes y el mismo vocabulario que millones y millones y millones de idénticos chicos de barrio que no querían ser como los demás. Y es que somos bestias de rebaño, de manada, de banco de arenques o sardinas y salir de esa masa anónima es precisamente lo que quieren hacer todos a la vez.

Lo raro, lo extraño, lo maravilloso posee un carácter involuntario, indeseado, ineludible. Al que le toca no le toca el dedo del éxito o de la fortuna, siempre al alcance de estrategas y trepadores, sino el estima de la diferencia que se salda las más de las veces con la marginación. Pero no nos hundamos en depresivos estercoleros mentales y dejemos aullar a Artaud en su frenopático y suicidarse a Van Gogh en su trigal, demos la espalda a manidos ejemplos tristones y abracemos la esperanza de la adaptación operativa como estrategia de felicidad personal y desarrollo mental social, que no es todo maldición y negrura.

Porque la feria de las maravillas no consiste sólo en monstruos enjaulados revolcándose en sus propias heces. Más bien es la voluntad de crear un nuevo mundo, aportar una nueva realidad surgida de visiones personales, la necesidad imperativa de invadir el espacio actual ocupando el mundo con la proyección de la propia mente, lo que conforma el ámbito de la maravilla. Así el cartero Cheval construyendo con sus manos y carretilla su palacio ideal, Simón Rodia las torres de Watts, Cornell sus cajitas de Utopía Parkway. Un mundo nuevo, diferente y sorprendente que se infiltra sigilosamente en el desastre de un mundo funcional y previsible.

Esta irrupción del delirio conforma una de las facetas más gozosas del arte, la que abre las puertas a una dimensión de esplendor alucinatorio. La mayor diferencia entre el artista y el autista estriba en que uno se encierra en el mero opio de su fantasía y el otro lucha por dar a su fantasía un espacio en el mundo (4). El imperio del fenómeno forja un nuevo arte y una nueva realidad forzando el asombro.

El fenómeno, la exageración, el disparate, la magia del asombro y el humor convergen en la constelación de la maravilla. También un poquito de horror tiene su gracia en un campo donde el encanto y la extravagancia se rozan y mezclan. De estos elementos tal vez sea el humor el que delate la inteligencia de la salud mental. La realidad sin humor resulta deprimente y dolorosa. Y en un posicionamiento imperioso donde el artista impone una nueva ley resulta patético que éste lo haga sin un mínimo distanciamiento irónico que lo salve del naufragio de un narcisismo trágico. Los juegos del yo provovan un travestismo carnavalesco que se burla ante el espejo. Un arte serio difícilmente entra en el espacio de la maravilla, pues no puede haber nada más lejano a ella que una aburrida solemnidad. Una muestra de fenómenos, un gabinete de portentos se acerca más a una barraca de feria que a un museo y tiene un fondo subversivo, tal vez picante, pero no nos engañemos, desde que Dadá fuera digerido, en absoluto tóxico.

En cualquier caso, la presente exposición de una serie de fenómenos independientes y heterogéneos no pretende demostrar nada y no existe ninguna tesis que subyazca en su conjunto, como tampoco parece haberla en la mayor parte de las manifestaciones que he elegido para esta muestra. Son hechos de por sí y para sí que se explican a sí mismos.

No hay nada ejemplar en ellos, ni siquiera una radicalidad que en su mayoriía no asumen. Ni un denominador común, sea ideológico o estilístico. Tal vez una cierta actitud, un destello de ironía, un humor juguetón, pero no siempre. No pretendo homogeneidad ni ideosincrasia en esta extraña mezcla, sólo el encanto fascinante de un gabinete de curiosidades y portentos, de monstruos y fenómenos, de prodigios y maravillas.

NOTAS

(1) “Las obras maestras del pasado son buenas para el pasado. No son buenas para nosotros” Antonin Artaud. “No más obras maestras”, “El teatro y su doble”.

(2) Kirk Douglas, que encarnó con éxito al héroe de la antigüedad (Ulises, Espartaco) asumió el papel heroico del artista moderno con tal intensidad que no sólo se convirtió en pintor aficionado tras su experiencia en la película “El loco del pelo rojo”, sino que comenzó a coleccionar arte impresionista francés para luego desprenderse de su colección y comprar a artistas vivos.

(3) Hace tiempo que proyecto un texto “Las estrategias del aburrimiento”, donde espero tratar con profundidad este tema, clave para entender el autismo de un arte distanciado, y que habiendo sido tema común de discusión en círculos artísticos nunca ha sido debatido en profundidad por una crítica temerosa de tirar piedras sobre su propio tejado.

(4) “La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco” Salvador Dalí.



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