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Samuel Salcedo

Escribí el siguiente texto, Plastico, Humor y Horror, para el catálogo de la exposición individual que realizó Samuel Salcedo en la galería Fernando Latorre de Madrid en 2009.

 

Plástico, humor y horror

 

 Pablo Milicua

 

El poliéster y el humor.

 

La introducción del uso de los materiales derivados del plástico en la escultura ha supuesto una revolución similar en este arte a la de la utilización de objetos reales. En ambos casos los propios materiales ponen en cuestión el asunto del realismo y de la realidad, en un caso por imitación y en otro por inclusión, ampliando los márgenes de la volumetría daltónica de siglos anteriores.

 

El desarrollo de la técnología escultórica derivada de la utilización del poliéster y otros materiales plásticos afecta a un amplio arco creativo que abarca desde la erupción industrial masiva en el área del entretenimiento y la decoración a el virtuosismo efectista en el campo de las bellas artes. De los omnipresentes maniquíes de escaparate, los autómatas infantiles para puertas de bares y esculturas para atracciones de feria, la creciente utilización de polímeros en las fallas de Valencia o la masiva producción de bibelots chinos en los que las resinas han sustituido a la porcelana, a las animaciones cinematográficas siguiendo a Harryhausen, la escultura hiperrealista de Duane Hanson o John de Andrea en los años setenta o el uso de estas técnicas por escultores más recientes como Ron Mueck, los hermanos Chapman o Maurizio Cattelan

 

En la Península Ibérica el uso de resina y catalizador es extendido entre los artistas. Citaré algunos: Andrés Nagel, los hermanos Roscubas, Koko Rico, Lidó Rico, que no es pariente del anterior, Bene Bergado, Enrique Marty, Eugenio Merino, Luis Roig, Gerard Mas y Samuel Salcedo, que es de quien estamos hablando.

 

En la mayoría de estos casos que rememoro hay una sombra de humor que parece estar íntimamente ligado al propio material. Y no me refiero a los poco posibles efectos euforizantes de los vapores tóxicos que emanan de éste. Me refiero a la presencia de unas connotaciones lúdicas, coloristas en los propios ingredientes que hacen que el objeto elaborado adquiera un carácter de juguete, de muñeco, de cosa de las barracas, divertida y simpática a pesar de la carga siniestra que también le es consustancial.

El carácter industrial y barato, de los materiales sintéticos los aleja del aura de lo sagrado y lo precioso. El plástico es leve, lo que le aleja de las cosas graves y pesadas. Es dúctil y campechano. Es popular.

 

Este carácter risueño se mezcla con la extraordinaria capacidad imitativa de formas y texturas a la que lleva el correcto manejo de moldes y resinas, algilato, látex y epoxy, silicona y poliuretano. El resultado de esta mezcla apunta a un arte de apariencia realista pero teñido de mordacidad y fantasía. La imitación de lo visible adopta muy a menudo un tono caricaturesco. Hay una puerta abierta a lo imposible. El ilusionismo plástico desarrollado en la tecnología cinematográfica de los efectos especiales se combina con la sátira. Hay una mezcla de virtuosismo y cachondeo.

 

El caso que nos ocupa resulta ejemplar. En los homúnculos que surgen del taller de Salcedo, se percibe un tierno patetismo, el patetismo de una falsa dignidad carnavalesca. El autor toma una distancia irónica de sus propias criaturas que surgen para su paternal complacencia y divertimento. Las figuras están paradas, desnudas, como soldados en formación, ataviadas solamente con los elementos que las distinguen y caracterizan, elementos que, por lo general, son ligeramente burlescos, traviesos, vagamente subversivos de la seriedad de la pose.

 

Estos enanos despiertan una emoción de complicidad fría, de lejana simpatía. Resultan estúpidos pero entrañables. Es una complicidad proyectiva, unidireccional. Ellos no son simpáticos, sino levemente ridículos. Mientras los observamos, ellos permanecen en su universo, ensimismados en sus misteriosas vidas paralelas.

 

 

Il1. Mascarones en el taller de Samuel Salcedo. Barcelona

 

Il 2. Piernas colosales en poliéster. Circo Americano. Madrid

 

 

 

La vida de las estatuas.

 

El estado de animación latente de las estatuas conforma una ilusión clásica paralela al miedo al despertar de los muertos. La vaga inquietud que causa la paradoja de lo muerto animado, del semejante casi humano, incita a una angustia espectante de la irrupción de lo desconocido. El misterio sobrenatural de la vida oculta en las estatuas es producto y a su vez produce una fuerte tensión psicológica. La incertidumbre de la vida latente une elementos de magia y miedo. Es lo siniestro como vida descontextualizada en un no ser.

 

El maniquí y el muñeco de cera. El peluche polvoriento, el animalito disecado, evocan el miedo sobrenatural al cadáver. Parecen cargados de un resorte oculto dispuesto a dispararse, a abalanzarse sobre nosotros. Como el actor inmóvil que espera pacientemente para dar un susto a los turistas en el museo de cera o la bella replicante de la pélicula Blade Runner, perfecta mujer androide, que acecha disfrazada de muñeca para atacar a JF Sebastian, Especialmente si están hechos a tamaño natural, lo que no suele ser el caso en las esculturas de Samuel Salcedo.

 

Tal vez por esta diferencia de escala, estos seres, que en efecto dan sensación de estar animados, parecen llevar una vida aparte, secreta y no menos siniestra, incapaces de interactuar en nuestro plano de la realidad. Son lejanos. Podrían ser amenazadores, resultar terribles, si no fuera porque también son festivos, pequeñitos y majetes No aparentan la inconsciencia mecánica del autómata, más bien parecen materializaciones de una imagen colgada en el tiempo. Presencias congeladas en su pose de retrato.

 

El cabezudo es una constante en la obra de Salcedo. Los ojos de mirada seria que asoman desde una boca risueña La máscara y el que se oculta tras la máscara. Identidad oculta y aparente. El lobo con piel de cordero, el asesino tras el maquillaje de payaso. La simulación es siempre una amenaza. El anonimato una esperanza de impunidad. Pero el cabezudo, la máscara de carnaval, es el extrañamiento de la fiesta, el más allá verbenero que hace lo sobrenatural manejable, jocoso, familiar.

 

La cabeza como identidad y como sustitución de la identidad. Rostros que dan vida. A simples bolas, a la propia pared. Esas bolas en las que surgen caras, cabezas garbanceras animadas. Ese rostro enorme en la pared que cierra sus ojos y que está en realidad en otra parte, ha cerrado los ojos y se imagina que está aquí, en esta exposición, que nosotros estamos delante y cuando los abra nosotros, simplemente, desapareceremos.

 

 

 

 

 

 

 

Ilustración1 . Muñeco cocinero en escaparate de restaurante. Madrid

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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